Todo empezó con un pequeño bolso azul…

Cuando una tarde de agosto recibí la invitación para asistir a la boda de una amiga, no podía imaginar todo lo que vendría después. Aquel sobre que sujetaba entre mis manos también contenía la tarjeta de embarque hacia un destino aún por descubrir. Un viaje personal que estaba a punto de comenzar.

Elegir vestido para la boda resultó una tarea fácil. ¿Los zapatos? Igual de sencillo. Hasta que llegó el turno del bolso y todo se complicó… Ay, el dichoso bolso.

Desafiando a los termómetros, recorrí media ciudad, pero por más vueltas que di no hubo manera de encontrar uno que me enamorase. Frustrada ya de tanto buscar me lancé a hacérmelo yo misma, con lo que tuviera por casa.

Buceé entre las cajas acumuladas en el trastero. Revolví armarios y cajones. No paré hasta dar con un pedacito de tela y varias cintas. Restos de alguna manualidad olvidada que ahora acudían a mi rescate. Una buena dosis de imaginación y unas cuantas puntadas más tarde, acababa de nacer, sin ni siquiera saberlo, el primer bolso Marabara.

Después de aquel bolsito azul, que aún conservo como si fuese un tesoro, y que tanta sensación causó entre mis amigos, ya no pude parar. Aunque tímidamente y aún a trompicones, Marabara empezaba a dar sus primeros pasos. La agarré fuerte de la mano y continuamos el camino.

Por aquel entonces, trabajaba por cuenta ajena, en una multinacional. Un trabajo que se supone debía disfrutar, al que había accedido nada más terminar mis estudios de ingeniería. En el que podía viajar por todo el mundo, hacer carrera, y un largo etcétera que oía a mi alrededor. Sin embargo, la realidad en ese momento era bien distinta. Mi motivación se arrastraba por los suelos y el estrés celebraba fiestas clandestinas en mi cabeza. Día y noche, una y otra y otra vez.

Por suerte, la costura se convirtió en mi vía de escape. Y yo me aferré a ella como el que se abraza a un salvavidas en mitad del océano. Prepararme un té y sentarme cada tarde a la máquina de coser, dejándome llevar por su traqueteo, era como un bálsamo. Poner el agua a hervir marcaba el comienzo de una rutina diaria que me transformaba. La mejor de las terapias.

A medida que cosía también crecía en mí la necesidad de poner en valor el trabajo artesanal. Con sus tiempos y sus ritmos. Igual que hacían nuestros abuelos, y todas sus generaciones anteriores. Trabajando con sus propias manos, curtidas por el tiempo. Con calma, de manera sencilla y natural. Reivindicando así la vuelta a una producción sostenible, a pequeña escala. Mucho más amable con el entorno, y con nosotros mismos. Una forma de producir que, arrastrados por un ritmo de vida un tanto loco, hemos ido olvidando. Y, ahora más que nunca, es necesario recuperar.

Así, entre hojas de cálculo y reuniones eternas por un lado, y telas e hilos por el otro, fui hilvanando mis sueños durante unos cuantos años. Hasta que un día el pespunte era tan largo que casi lo abarcaba todo. Paré y me di cuenta de que necesitaba tomar una decisión. Ya era hora de dejar de contar cada minuto hasta mi siguiente cita con la máquina de coser; de esperar a que llegase el viernes como una niña que aguarda su regalo de cumpleaños; de dejar de tener ese regustillo amargo en la boca cada domingo por la tarde.

Ya iba siendo hora.

En ese momento decidí apostarlo todo por aquello que me hacía feliz. Te imaginarás cuál fue la decisión…

… Abandonar ese trabajo de oficina que tanto me agobiaba y continuar creando bolsos en mi querido taller, con esmero y cariño, al ritmo que cada uno de ellos se merece. Bolsos hechos a fuego lento, sin prisas. Sencillos, ligeros, que te ayuden a sentirte cómoda y a disfrutar de tu día a día. Bolsos de líneas minimalistas, atemporales, que no siguen tendencias ni modas pasajeras. Esos de los que nunca te canses y se conviertan en tu mejor compañero de viaje.

Un viaje hacia un modo de vida y de consumo más pausado y consciente. Viviendo con calma, conectando con lo que nos rodea. Disfrutando de cada momento, ¡incluidas las tardes de domingo!

MANIFIESTO

CON CALMA - PEQUEÑO - SENCILLO